Desperté. La oscuridad bañaba toda mi visión haciendo que no diferenciara entre tener los ojos abiertos o cerrados. Me encontraba en una posición vertical, apoyado en algo que me mantenía de pie. No podía mover mis extremidades, de hecho, ni siquiera las sentía. Era incapaz de saber donde me encontraba. Intenté pensar en lo último que hice antes de dormir, pero una extraña niebla envolvía mis recuerdos. No estaba asustado, o al menos, no sentía miedo; solo un pequeño atisbo de curiosidad recorría mi cuerpo. El silencio era absoluto. No olía a nada, incluso no podía experimentar el tacto de mi propia lengua rozando la pared superior de mi boca. Todo era muy extraño. ¿Estaría muerto? Si existía algo que se pudiera comparar con el estado de consciencia en la muerte debería de ser así; la completa tranquilidad en la más absoluta tiniebla. Realmente, no era algo que me importara, por más que no pudiera entender el porqué no lo hacía. Incluso no sentía la menor obligación de intentar el movimiento. Tranquilidad e indiferencia… ¡Sí! Eso era lo que realmente sentía. Si alguien quería venir a explicarme que hacía allí que lo hiciera; no me importaba. Si por otro lado, estaba muerto, tampoco me preocupaba demasiado…
Como si de un flash se tratara, a mi cabeza vinieron imágenes de lo que, supuse, serían mis últimos recuerdos. Me encontraba conduciendo mi vehículo, acompañado por ella, como de costumbre. Llovía como si se fuera a acabar el mundo y era de noche. Desvié mi mirada de la carretera para mirarla. ¡Como me encanta su sonrisa! pensé. Y de repente un fuerte impacto me hacía devolver la mirada hacia delante para ver el rostro de un desconocido impulsado a través del cristal de su automóvil y que rompía el del nuestro…
El sonido de unas puertas abriéndose entro por mis oídos. Una enorme cantidad de luz blanca inundó mis ojos, misteriosamente, sin llegar a causarme ninguna molestia. Podía ver que me encontraba en una habitación, vacía hasta donde mi visión perpendicular alcanzaba ver. Ante mi se presento la figura de un hombre, posiblemente un doctor debido a que usaba una bata blanca y sostenía una carpeta. Mirándome con cara de satisfacción se dirigió a mí:
-¿Cómo se encuentra?
-No me encuentro bien. No me encuentro mal. Simplemente, no podría decirle como me encuentro. ¿Dónde estoy? -me pareció que mi voz había cambiado ligeramente a un tono más metálico-.
-Señor, -dijo el presunto doctor- ha tenido un gravísimo accidente. Prácticamente, lleva muerto semanas. Bajo su previa autorización en vida de donar totalmente su cuerpo a la ciencia, realizamos unos experimentos bastante avanzados y aun en fase de pruebas. Pero parece que los resultados son bastante satisfactorios en su persona. Puede comprobarlo usted mismo.
Al instante, una segunda persona apareció en escena con un espejo móvil de enormes proporciones y se situó ante mis ojos. Lo que vi reflejado en ese espejo, pensé, podría acabar con la cordura de cualquier ser humano.
Más aún, al pensar en ello, no se que es más preocupante: Si el hecho de que ese espejo me mostrara mi propio pecho abierto en canal con millones de circuitos, cables y demás dispositivos sumado a la ausencia casi total de órganos vitales, o, por el contrario, que al ver todo eso, no sintiera el más mínimo impacto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario