viernes, 30 de diciembre de 2011

Juego de niños

Estaban dos niños jugando en el fin del mundo, instantes antes de que todo acabara. El más pequeño le dijo al otro:

-¡Rápido! ¡Tienes que hacer lo que mas te apetezca y yo, haré lo mismo!

Entonces, el niño más grande fue corriendo hacia el otro y le dio un abrazo, a lo que su compañero respondió con un puñetazo en la cara, que lo tumbo de espaldas.

-Lo que mas me apetecía antes de terminar era sentir odio hacia ti.

Y sonriendo, mientras su amigo yacía en el suelo, vio como el cielo se teñía de fuego…





Y cuando el cielo se cubrió de llamas, todo el mundo dejo de pensar para siempre...

jueves, 29 de diciembre de 2011

El Astro Rey

Hallábanse conversando un hombre y un Dios sobre temas trascendentales, dentro de las estancias mentales del primero que, a su vez, eran influenciadas por la existencia imaginaria del segundo.


-Y dime, humano, que harías tú en la situación que esta por acontecer en tus oídos. Imagina que vives en una ciudad en la que, a lo largo de los siglos, los edificios han ido aumentando en número y de tamaño de una manera sobrenatural, tanto que han conseguido formar una cúpula que tapa absolutamente el cielo y, por consecuencia, el Sol. La ciudad posee su propio sistema de iluminación y sus habitantes no pueden distinguir entre la noche y el día más que por la hora que indique su reloj. Sigue imaginando y visualízate en una vida en la que has nacido en esa ciudad, una vida en la que todos los que te rodean, incluido tú, estáis recluidos en ella sin la oportunidad de salir de allí.


-Extraña la situación que me haces crear en la cabeza, dijo el humano.


-Solo conoces el Sol por lo que las historias cuentan de el. En tus ideas, la estrella es una inmensa bola de fuego que vive suspendida en un infinito azul al que llaman cielo, y te parece tanto una locura como algo mágico.


-Sin lugar a dudas me lo parecería…


-Imagina entonces que, por motivos desconocidos, eres condenado a salir de la ciudad. De Repente, te descubres los ojos de una venda y te encuentras en una extensión al aire libre donde el “horror vacui” de los edificios ha desaparecido. La claridad lo rodea todo y, al instante, alzas la cabeza y lo miras fijamente: el desconocido y brillante Sol. El esplendor de sus rayos dorados te cautiva a la vez que te causa un enorme dolor en los ojos. ¡Pero es lo más maravilloso que jamás habías visto! ¿Despegarías la visión del cielo y volverías a ponerte la venda o soportarías el dolor hasta tal punto que tus ojos no aguantaran más y, ciego, caerías desplomado?


-¿Si, tal como lo describes, fuera la cosa mas maravillosa que mis ojos jamás vieron, de que me servirían estos sin poder volver a mirarlo nunca mas? ¿No es acaso la mayor satisfacción de un elemento alcanzar la perfección con sus propiedades? Preferiría morir ciego a no volver a vislumbrar durante el resto de mi vida la infinitud del cielo coronado por el Astro Rey.


Y el Dios, sorprendido a la vez que satisfecho con la respuesta del hombre dijo:


¡Cáspitas!






miércoles, 21 de diciembre de 2011

El amanecer del futuro

Dicen que te vieron por la noche, aquel día que tanto frio hacia, subiendo hasta el tejado de tu casa. Una vez arriba, cual condecorado equilibrista, y con los brazos formando una cruz, lo recorriste de una punta a otra con los ojos cerrados. Cuando llegaste a la parte opuesta, tus pies se detuvieron al filo y abriste los ojos, unos ojos que ya no eran los de antes... Entonces, señalando con un dedo hacia el cielo oscuro, solo iluminado por millones de estrellas, dejaste soltar un grito. Y el grito solo era el mensajero de unas palabras que, ojala, y por muy mágico que pareciese, llegaran pronto a su destino.

Dicen que ya no transitas los agujeros negros de tu memoria, que sueñas con visitar los maravillosos escenarios del futuro que está por llegar. Dicen, incluso, que tu sonrisa, que ahora tiñe un color diferente (aunque no por ello deja de ser una sonrisa) ya no oculta el amargo sabor de la desilusión; quiere viajar a nuevas dimensiones. Jamás olvides tu pasado porque es tuyo solamente, pero recuérdalo como pasado que es, y no como el fantasma de lo que está por llegar.



Dicen que te vieron gritándole a las estrellas, pero yo se que, en realidad, solo te estabas despidiendo de una en concreto.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Visiones en el lecho de muerte

Estando en su solitario lecho de muerte, el viejo señor G.D. comenzó a replantearse diversos asuntos de su larga vida. No ha sido mala -pensó-. Había acumulado riquezas, viajado a lo largo del mundo, poseía un status social elevado… sin duda alguna iba a ser recordado. Se había casado varias veces con mujeres de igual posición que él, aunque a ninguna la recordaba con especial cariño; solo eran adornos para acrecentar su imagen. Recordó que, en una ocasión, siendo joven y soñador, se enamoró de cierta encantadora muchacha a la cual dejó escapar por las estupideces de la edad. Pero, ¿por qué se acordaba de ella en este momento? Varias imágenes se dibujaron en su cabeza: se imaginó una historia totalmente diferente a la suya. Sin estar rodeado de lujos comenzaba una sencilla vida con esa señorita. Una vida repleta de sentimientos los cuales no experimentó nunca, como el amor o el cariño. Juntos criaron muchos hijos, que, más adelante, criarían a sus nietos. Una gran familia feliz que cambiaba la imagen triste del lecho de muerte del viejo por otra mucho más entrañable. Volvió a pensar en la realidad. ¿No ha sido mala? -se preguntó-. Y a la vez que lo pensaba, mientras una lágrima caía por su mejilla derecha con más intensidad que por otra por la izquierda, el señor G.D. cerró sus ojos eternamente…

En ese mismo instante, un joven G.D. abría los ojos y despertaba de un extraño sueño. Se levantó, se vistió rápidamente y salió a la calle. Tenía cosas importantes que hacer.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Despertar

Desperté. La oscuridad bañaba toda mi visión haciendo que no diferenciara entre tener los ojos abiertos o cerrados. Me encontraba en una posición vertical, apoyado en algo que me mantenía de pie. No podía mover mis extremidades, de hecho, ni siquiera las sentía. Era incapaz de saber donde me encontraba. Intenté pensar en lo último que hice antes de dormir, pero una extraña niebla envolvía mis recuerdos. No estaba asustado, o al menos, no sentía miedo; solo un pequeño atisbo de curiosidad recorría mi cuerpo. El silencio era absoluto. No olía a nada, incluso no podía experimentar el tacto de mi propia lengua rozando la pared superior de mi boca. Todo era muy extraño. ¿Estaría muerto? Si existía algo que se pudiera comparar con el estado de consciencia en la muerte debería de ser así; la completa tranquilidad en la más absoluta tiniebla. Realmente, no era algo que me importara, por más que no pudiera entender el porqué no lo hacía. Incluso no sentía la menor obligación de intentar el movimiento. Tranquilidad e indiferencia… ¡Sí! Eso era lo que realmente sentía. Si alguien quería venir a explicarme que hacía allí que lo hiciera; no me importaba. Si por otro lado, estaba muerto, tampoco me preocupaba demasiado…

Como si de un flash se tratara, a mi cabeza vinieron imágenes de lo que, supuse, serían mis últimos recuerdos. Me encontraba conduciendo mi vehículo, acompañado por ella, como de costumbre. Llovía como si se fuera a acabar el mundo y era de noche. Desvié mi mirada de la carretera para mirarla. ¡Como me encanta su sonrisa! pensé. Y de repente un fuerte impacto me hacía devolver la mirada hacia delante para ver el rostro de un desconocido impulsado a través del cristal de su automóvil y que rompía el del nuestro…

El sonido de unas puertas abriéndose entro por mis oídos. Una enorme cantidad de luz blanca inundó mis ojos, misteriosamente, sin llegar a causarme ninguna molestia. Podía ver que me encontraba en una habitación, vacía hasta donde mi visión perpendicular alcanzaba ver. Ante mi se presento la figura de un hombre, posiblemente un doctor debido a que usaba una bata blanca y sostenía una carpeta. Mirándome con cara de satisfacción se dirigió a mí:


-¿Cómo se encuentra?

-No me encuentro bien. No me encuentro mal. Simplemente, no podría decirle como me encuentro. ¿Dónde estoy? -me pareció que mi voz había cambiado ligeramente a un tono más metálico-.

-Señor, -dijo el presunto doctor- ha tenido un gravísimo accidente. Prácticamente, lleva muerto semanas. Bajo su previa autorización en vida de donar totalmente su cuerpo a la ciencia, realizamos unos experimentos bastante avanzados y aun en fase de pruebas. Pero parece que los resultados son bastante satisfactorios en su persona. Puede comprobarlo usted mismo.


Al instante, una segunda persona apareció en escena con un espejo móvil de enormes proporciones y se situó ante mis ojos. Lo que vi reflejado en ese espejo, pensé, podría acabar con la cordura de cualquier ser humano.


Más aún, al pensar en ello, no se que es más preocupante: Si el hecho de que ese espejo me mostrara mi propio pecho abierto en canal con millones de circuitos, cables y demás dispositivos sumado a la ausencia casi total de órganos vitales, o, por el contrario, que al ver todo eso, no sintiera el más mínimo impacto.