Imaginaos una ciudad ficticia rodeada de montañas en la que, en sus proximidades no existiera el océano. Ahora imaginad que en esa ciudad viven muchísimas personas con sus respectivas tareas y ocupaciones, amistades y amores. Y puestos a imaginar, imaginemos que la ciudad esta dividida en dos… vertientes, creencias, partidos políticos o como queramos llamarlo. Una de esas dos vertientes esta capitaneada por la personificación de la Justicia, cuyos valores se basan en lo que se basa la justicia mismamente dicha. La otra la dirige el señor Corrupción (una personificación de la corrupción que se rige por sus mismos valores). Una de cal y otra de arena.
Siempre existieron disputas entre los seguidores de Justicia y los de Corrupción. Pero eso es lo de menos. Centrémonos en dos creyentes de la justicia, un hombre y una mujer, enamorados desde la primera vez que se miraron a los ojos. Nada podría separarlos nunca jamás… o eso pensaban ellos. Eran felices compartiendo momentos preciosos juntos, hablando sobre la inmensidad del cielo o lo que podría existir mas allá de las montañas. El, se bañaba en la inspiración de ella y subía a diario a lo alto de la colina donde se conocieron a pintar el paisaje que desde allí se vislumbraba. Y como cada día que pasaba estaba más enamorado de ella, el paisaje dibujado iba siendo más bonito cada vez.
Vinieron malas épocas para aquella ciudad. Los corruptos iban ganando más adeptos entre los justos; el golpe de estado se olía cada día que pasaba. Pero a nuestra pareja protagonista eso no le importaba. El mundo podría ser todo lo corrupto que quisiera que jamás influenciaría en su historia de amor. El seguía pintando el paisaje y ella lo seguía esperando en su hogar, bastante alejado del núcleo de la ciudad, a los pies del fuego de la chimenea donde avivaban la llama de su pasión.
Un día, el señor Corrupción y el señor Justicia se reunieron. Tras largas horas de charla y una buena suma de dinero, Justicia decidió abandonar la ciudad y a todos sus seguidores. Pensó incluso en cambiarse el nombre y empezar una nueva vida en otro lugar. La ciudad paso a ser gobernada por el señor Corrupción, que obligaba a todos los habitantes a ser de su bando, bajo la pena de muerte por la negación de su mandato. En menos de una semana, todo justo se había convertido en corrupto. Bueno, todos no, seguían quedando dos personas…
…
Ese día había dibujado el paisaje más bonito desde aquella colina. Era tan perfecto, que parecía que el humo que emanaba de las chimeneas en la lejanía era de verdad. Corrió colina abajo, más deprisa que nunca para enseñárselo a su amada. Deseaba verla, abrazarla como nunca, decirle que la quería. Pero al llegar a casa se encontró a esta vacía. ¿Dónde se encontraba?
La busco por toda la ciudad durante días. Con lágrimas en los ojos y más preocupado que nunca (no había llegado a soltar el cuadro), llego el tercer día de su búsqueda. La encontró. El cuadro cayo al suelo en ese instante, quedo destrozado. Ella estaba allí, cogida del brazo de un corrupto cualquiera… sus ojos habían cambiado por completo.
¿Porque había sucedido esto? ¿Que había pasado? Tantas preguntas rondaban su cabeza y nadie podía explicarle nada. Ella ni siquiera le miraba a la cara. Pensó en convertirse en un corrupto, pero no habría servido de nada, eso no le salía.
El último hombre justo subió a su colina. Pinto la ciudad más triste que su pincel pudiera haber plasmado jamás. Una ciudad corrupta y oscura, sin el menor tinte de justicia. Nada de lo que allí ya pasaba le importaba. Y al ver su cuadro terminado comenzó a llorar. Lloro con tanta fuerza que sus lágrimas empezaron a cubrirle los tobillos. Paso un día, y otro, e incluso otro, y el continuo llorando. Lloro tanto que las lágrimas crearon un inmenso mar que, de repente, se torno turbio y escandaloso. Una inmensa ola tapo el cielo y cayo sobre toda la ciudad, arrasando todas las casas y a todas las personas. Cada habitante, en la desesperación de morir ahogado, también lloro. Y las lagrimas de estos ayudaron a aumentar el tamaño del océano que se acababa de crear, dejando en el olvido a aquella ciudad en la que, un buen día hacia mucho tiempo, había comenzado la historia de amor mas bonita de todo el planeta. Y cada persona ahogada de convirtió en un hijo de ese mar que un hombre creo con su tristeza.
Cuentan los marineros que pasan por allí con sus barcos que se puede oír en ese mar un sonido similar a los llantos de desesperanza de una ciudad entera. Y al contar esta historia, se refieren a este como el océano de las lágrimas de los hijos del mar.

Tengo un ejercito de lagrimas de hijos del mar que no van a dudar en arrasar todo lo puro que me quede en el corazon
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