martes, 2 de agosto de 2011

Preludio a la destrucción


Volví a marchar de viaje.

Volví a marcharme sin la necesidad de hacer las maletas ni de coger un avión… ya que no hacían falta para el lugar al que iba. Llegó la hora de pasar unos días de ocio en el que yo llamo el país de mi mente.

Allí siempre soy bien recibido por mi yo interior, que nunca se cansa de escucharme y de aconsejarme (a veces creo que se alimenta de eso). Esta vez me estaba esperando con los brazos abiertos, puesto que sabía que habían ocurrido muchas cosas en el mundo habitable y estaba deseando moldearme a su gusto. Normalmente suelo estar con él dos o tres días, que a tiempo oficial en el mundo de los humanos equivalen a dos o tres meses; pero esta vez estuve un mes entero… con todas sus consecuencias… Según él, había llegado la hora de poner algunas cosas en su lugar…


Era el momento de dejar atrás a los dioses antiguos para rezarle a otros dioses que yo mismo debía crear.

Era el momento de prestarle atención a los gritos de los susurros.

Era el momento de abandonar a las musas de la amabilidad para sentir devoción por las musas de lo extraño.


. . .


A la hora de regresar, sentí que dejaba atrás a una parte de mí de la que siempre había estado orgulloso de acoger en el regazo de mi ensimismamiento. He vuelto, pero lo he hecho sintiéndome más él que yo… (quizás esto formara parte de su plan).


Ahora podréis encontrarme en un rincón solitario en el que solo crecen flores de cristal. ¡Y no se os ocurra tocarlas! Se desmoronarían con el simple roze de un cálido dedo.


He vuelto y lo he hecho bajo un lema nuevo:


Si te ofrecen fuego, respóndeles con fuego.



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