Dejemos volar nuestra imaginación…
A los pies de un cubo de basura, se había arrojado la mitad de una cáscara de nuez.
Dentro de esta, sin motivo aparente, sin ninguna razón lógica, se encontraba algo sumamente extraño…
Se había desarrollado un universo en miniatura que consistía en una enorme extensión de hierba, verde, con un pequeño riachuelo que la atravesaba y, en alguna parte de la misma, alguien había construido una preciosa casita con los árboles de su alrededor. Este alguien era una persona que recordaba haber estado siempre allí. Nunca se había relacionado con ningún otro ser, y por esta razón, desconocía que existieran mas como el. Al fin y al cabo, no le importaba, puesto que en su mente no se encontraba la posibilidad de la compañía.
Su día a día se desarrollaba tranquilo. Al despertar, le gustaba pasear por la verde inmensidad. Desayunaba aquello que recogía de sus sembrados y creaba objetos con todo lo que iba encontrando por esos parajes. Pero algo le sobrecogía el pecho, le faltaba algo, no sabía que era, pero lo faltaba algo. Aunque no podía pensar en otras formas de vida, siempre le gusto la idea de tener a alguien como el para conversar y pasear, para contarle todo aquello que se imaginaba a lo largo del día.
Al principio, este pensamiento no era tan importante, pero conforme fue creciendo y fue pasando el tiempo esta idea le acompañaba a lo largo de su día. Sabía que le faltaba algo y poco a poco se fue dando cuenta que tenia que ver con esta corriente de su pensamiento.
Estaba solo. Se encontraba en la mayor soledad. La sonrisa de aquel que desconocía la compañía se torno en la tristeza del que ansia compartir una mirada con otra persona.
Y los días se desarrollaron iguales, como copias unos de otros… hasta que una mañana, en uno de sus habituales paseos encontró algo arrojado entre la hierba. Al recogerlo con sus manos, lo observó y lo clasificó como una semilla. Al llegar a su casa, y a las puertas de la misma, cavó un hoyo en el suelo y arrojo su descubrimiento. Y empezó a regarlo todos los días. Sentía curiosidad por saber lo que podía salir de ahí: un árbol, una flor…
Fue pasando el tiempo. De lo que era una semilla, empezó a surgir algo, de forma irreconocible… ¿Qué podía ser?
La forma se fue definiendo. Se fue volviendo redonda, empezó a dibujar lo que se asemejaba con una cara. Tras lo que parecía ser una cabeza apareció un tronco (también de forma indefinida) y se fue tornando en brazos…
El seguía regándola todos los días. Se sentaba frente a ella y le contaba sus inquietudes, aunque no le contestara y tan siquiera pareciera escucharle. No le importaba, por eso, seguía hablándole, hasta que se quedaba dormido a sus pies.
Y siguió regándola, y siguió hablándole.
La forma se definió completamente, fue adquiriendo color…
Entonces, algo sucedió mientras, un buen día, le contaba su último sueño. Lo que al principio era una semilla, abrió sus ojos, levantó sus pies del suelo, le cogió de las manos y lo miró a la cara.
El, sobresaltado por la emoción, arrojó unas encantadoras lágrimas por la alegría, apretó sus manos con las de ella y le dijo:
¡Siempre te he estado esperando!
…
Y de repente, me desperté en mi cama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario